Es seguro que muchos de mis lectores habrán oído hablar de
él. Otros tantos, incluso, lo habrán visitado en diferentes épocas del año y
los menos, seguro, no recuerden dónde se ubica o, quizás, todavía no se habían
decidido a conocerlo. A través de las siguientes líneas trataré de remediar lo
anterior porque el Jerte, de verdad, merece la pena.
Es en otoño cuando nuestros bosques se desnudan
ofreciéndonos el color típico de su carne. Tonos rojizos, amarillentos y ocres.
Olor a tierra húmeda, suaves vientos un poco más frescos de lo habitual, agua
cristalina que recorre con un poco más de fuerza de lo habitual el cauce de los
ríos. Humedales, cerezos –ya no en flor-, robles y castaños dan cobijo a las
praderas, a sus calzadas romanas y a los excelentes productos que nuestra
naturaleza nos ofrece.